China en África: ¿neocolonialismo o cooperación? Primera Parte

Presidente chino Xi Jinping y líderes africanos, aplaudiendo durante una foto de grupo durante la cumbre del FOCAC en Beijing, China, Septiembre de 2018. Fuente: How Hwee Young/Reuters

Una de las constataciones más evidentes de la estrecha relación que China mantiene con el continente africano fue la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas 62/167 de 2007, la cual se consagró íntegramente al voto sobre si la República Democrática de Corea estaba o no ejerciendo violaciones de derechos humanos sobre su población. Lejos de haber sido el respeto a los derechos individuales fundamentales la temática a debatir, en el pleno se estaba disputando, como de costumbre, la hegemonía mundial. Corea del Norte representaba al chino -su principal aliado-, y la votación un posicionamiento entre Washington y Beijing.

Ese día, aunque la votación fue condenatoria, se hizo palpable el éxito de la intervención china en África. 43 de los 54 países africanos o bien votaron en el bando del poder asiático o bien se abstuvieron, dejando claro cuál era su postura en el marco geopolítico. Además, esta tendencia no ha hecho más que acentuarse en los últimos años, con el número de naciones a favor de Beijing casi llegando al total del continente.

No sería desventurado atribuir la exponencial ayuda financiera y tecnológica a tal repentina popularidad china en los 9 países que votaron en 2007 en contra suyo; y lo mismo podría decirse que pasó con los otros 43.

Sin embargo, la presencia de este nuevo jugador en la administración del continente africano envuelve sectores más allá de las relaciones inter-estatales. Hemos presenciado cómo en la última década, China ha ayudado a financiar y poner en marcha numerosos proyectos clave para el desarrollo del continente. Vemos sus huellas en el Standard Gauge Railway entre Mombasa y Nairobi (Kenia), en la extensión de la planta energética de Kariba (Zimbabwe), e incluso en la Gran Presa del Renacimiento etíope -siendo esta tan solo una de las múltiples presas que China ha ayudado a construir por toda la región-; entre muchos otros.

No obstante, sería ingenuo pensar que tal ayuda es desinteresada, al haber indicios de claros beneficios para el prestador de la alianza sino-africana. Y es que, una práctica que recuerda a la presencia neocolonial del Occidente es el hecho de comprar deuda pública, lo cual suele ir acompañado de altos intereses, resultando en una pesadilla económico-dependiente a largo plazo. Es por esto mismo que personalidades como Hillary Clinton y el Secretario de Estado americano Rex Tillerson, el Primer Ministro japonés Shinzo Abe o el mismo Fondo Monetario Internacional, han expresado su temor por el socio africano en su relación con China, aconsejando a los líderes de estado actuar con cautela al recibir ayuda del gigante asiático, incluso instando a reducir tal vínculo financiero justificando que la región corre un alto peligro de dependencia.

A estas declaraciones se suman algunos  análisis en la materia y artículos periodísticos, que se atreven a insinuar un nuevo modo de neocolonización sobre el territorio. Al fin y al cabo, ¿no está haciendo China lo mismo que otras grandes potencias hicieron en el pasado? No es tan simple.

El discurso planteado anteriormente ha sido difundido por actores a los que probablemente les beneficie aislar comercialmente a China, una de las aspirantes más prometedoras a ocupar el puesto de superpotencia mundial, y por tanto, enemiga para las otras con las mismas intenciones. Tanto Estados Unidos, Japón, o el FMI, podrían no ser exactamente imparciales en tales conclusiones, y en realidad utilizarlas para sus propias agendas políticas contra China.

Expertos como Deborah Brautigam -profesora de economía política en la Johns Hopkins University y directora de la China-Africa Research Initiative ponen en duda la demonización de los medios hacia China. Como Brautigam, aseguran que la realidad no es exactamente como la retratan, abriendo la ventana al optimismo.

No cabe duda de que el asunto está dotado de una alta complejidad, y de que antes de realizar cualquier pronunciamiento será necesario analizar la cuestión desde todos sus ángulos, incluida la propia experiencia de los que estarían padeciendo, o disfrutando, de esta reciente intromisión: los africanos.

Las realidades son difícilmente expuestas de manera simple. De ahí que esta investigación proceda a cuestionarse todos los ámbitos de la cooperación sino-africana, y a dar una visión objetiva y clara de cuán beneficiosa o perjudicial esta pueda resultar para un continente que ya ha sido suficientemente manipulado por las potencias externas. Porque, aunque no debamos caer en campañas partidistas de una parte de Occidente, es conveniente no bajar la guardia ante lo que, disfrazado de una ayuda benigna, pueda transformarse en otro obstáculo hacia el pleno desarrollo y emancipación de África.

CONTEXTOS

Según la Real Academia Española, el colonialismo es la ‘tendencia a establecer y mantener colonias’, las cuales describe como ‘territorios dominados y administrados por una potencia extranjera’. La materialización de este término en el continente africano tendría lugar, formalmente, a principios del siglo XIX, cuando los primeros europeos empezaron a llegar, limitándose inicialmente a las regiones costeras.

No sería hasta la década de 1870 que  expediciones por parte de exploradores como Henry Morton Stanley por el África central -este concretamente por la cuenca del río Congo- que no se dio a conocer el verdadero potencial del continente a nivel de materias primas, minerales y riqueza natural. Tales descubrimientos derivaron en un repentino interés de las potencias europeas a repartirse todo lo que quedaba del continente, con la intención -enmascarada por un discurso apelando a la investigación y a la civilización del territorio- de rendir el máximo beneficio económico y comercial posible a las que pasarían a ser sus colonias.

El Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible  declaró en un estudio publicado en 2019 que ‘África posee ella sola más de sesenta tipos diferentes de minerales, y contiene un tercio de todas las reservas minerales del mundo. Tiene, por ejemplo, un 90% de las reservas de platinoides; un 80% del coltán; un 60% del cobalto; un 70% del tántalo; un 46% de las reservas de diamantes; y un 40% de reservas auríferas.’[1] De todo esto eran conscientes los entonces colonos europeos, que vieron en el continente una gran oportunidad de negocio, la cual estaban dispuestos a tomar a cualquier precio -incluso si eso significaba tirar por la borda la ética y la moral.

Fue entonces, en 1884, cuando comenzó oficialmente la  repartición del continente africano, entre las que eran las grandes potencias del momento. En tal escenario, China aún estaba lejos de adentrarse en el territorio; es más, ella misma estaba, de forma similar, luchando por su autonomía, la cual había sido arrebatada tras las Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860) que dieron a los británicos gran influencia y poder.

Sin embargo, esta etapa oficialmente categorizada como colonización -que deja de lado los anteriores siglos de ocupación, dedicados principalmente a la trata esclavista- se define como tal por el masivo saqueo que esta presenció. Y es que, fue justamente en el siglo XIX cuando las grandes capitales europeas se adentraban en la revolución industrial, y en el camino hacia un nuevo modelo de producción a gran escala. Este requería entonces de muchos más recursos naturales para poder elaborar el largo número de bienes que el capitalista esperaba vender; y se hallaban en urgente necesidad de encontrar un pozo de riqueza material abundante para alcanzar tales expectativas de crecimiento económico. Ese pozo era África.

África ya estaba poblada antes, y sus recursos ya aprovechados por sus sociedades nativas, quienes lejos de mirarlas como fuentes de riqueza económica, las veían como medios de supervivencia, o, en algunos casos, como elementos de una naturaleza que tenían que respetar. Una relación consciente y armónica.

Es por eso que la llegada de los colonos, apropiándose de todo aquello que veían, no agradó a la gran mayoría de tribus africanas, quienes intentaron resistir tal atrevimiento. Fue entonces cuando algunos europeos empezaron a tejer alianzas con determinadas tribus, prometiéndoles privilegios ante las otras, y así engendrando diferencias que desembocarían en una considerable acentuación de las hostilidades entre los distintos pueblos.

Podríamos resumir que la colonización de África fue conducida con un objetivo claro: el dominio de los recursos naturales y riquezas. Y, con tal de realizar ese fin, estados que supuestamente habían llegado a un razonable avance en el derecho y las libertades civiles, debían encontrar un pretexto con el que poder justificarlo. La deshumanización y categorización inferior de las comunidades africanas, supuestamenteincivilizadas, fue el medio por el cual la colonización se llevó a cabo. De hecho, no eran pocos los que disfrazaban su inversión en el continente con argumentos filantrópicos.

El mismo Rey Leopoldo II de Bélgica, propietario de la Asociación Internacional Africana,  con la misión de cristianizar y brindar al continente de los beneficios de la cultura occidental, dejó uno de los legados que más representan el paso de Europa por África. Millones de congoleños fueron obligados a trabajar duramente para recolectar caucho con el fin de disparar los stocks de bicicletas, automóviles, cableado… Sin embargo, este negocio tuvo grandes consecuencias. Primero, muchos perdieron sus hogares al ser sus tierras convertidas en terreno trabajable; y segundo, el proceso que los oficiales de Leopoldo II elaboraron para forzar a los congoleños a sumirse a sus ordenes consistió en la toma de aldeas, el secuestro de mujeres y niñas (de las que después abusaban sexualmente), y como  recurso ante la disidencia, la amputación de sus manos. Y este sangriento y cruel episodio solo es un ejemplo de los tantos que se produjeron por todo el continente a raíz de la colonización.

No sería hasta después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) que las colonias comenzaron a ver esperanza en su liberación, ante un escenario internacional devastado por las secuelas del Holocausto judío, y ocupado en la reconstrucción de Europa tras el largo período de bombardeos. No obstante, tal momentum no significaba directamente que un proceso emancipatorio fuera a ser fácil, todo lo contrario. Tanto el  bloque soviético como el americano adoptaron una postura anti-colonial, y prestaron ayudas desinteresadasa las facciones que luchaban por la independencia. Esto haría que África se convirtiera en uno de los escenarios de la Guerra Fría, haciendo de sus luchas por la libertad una oportunidad para Estados Unidos y Rusia de ganar la presencia en la zona que no habían tenido hasta el momento.

En este sentido, el Movimiento de los Países No Alineados y la Conferencia de Bandung espacio (1955) jugaron un importante rol al desmarcar la descolonización de cualquier interés externo. El movimiento abogaba por la no adhesión a los bandos hegemónicos como medio de su emancipación, sino por una independencia total. Este no tuvo el impulso suficiente para prosperar, aunque no se equivocaba. Y es que 72 años después de la primera independencia colonial, ni esta ni sus predecesoras pueden afirmar ser absolutamente autónomas.

Nuevos métodos y estrategias han hecho que a través de la economía y la perpetuación de esos países como meras fábricas, estos se encuentren forzados a ser dependientes de las potencias. A esta praxis se le llamaneocolonialismo, y aunque con la misma intención de mantener el control estratégico de las regiones para fines comerciales como la extracción de materias primas o la utilización de mano de obra barata; esta ha cambiado su modus operandi para que, pese a que el daño sea el mismo, este no sea tan evidente.

Ejemplos que muestran la presencia de neocolonialismo son los presidentes que, financiados por las potencias extranjeras, aplican una política financiera basada en la apertura de sus tierras al libre mercado, en los acuerdos con las multinacionales en vez de potenciar la industria local, y en las ayudas de instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, o las propias entidades financieras de las antiguas metrópolis -que desembocan en grandes deudas que dictan medidas de austeridad de forma crónica.  Otro sería el control monetario de los países africanos, los cuales difícilmente pueden administrar su propia moneda. El caso más representativo de este lo encontramos en los 75 años en los que Francia ha seguido controlando la economía de sus colonias mediante el ‘Franco CFA’, algo que ha dificultado que los gobiernos nacionales puedan invertir libremente para construir una infraestructura local.

Sin embargo, las herramientas neocolonialistas que han servido para mantener la premisa colonialista pueden abarcar muchos otros campos. Es por eso que muchos consideran la actitud de China como potencialmente encaminada a seguir la tendencia occidental de controlar el continente Africano. Sin embargo, ¿es verdad?

CHINA EN ÁFRICA. ¿DESDE CUÁNDO?

Habiendo establecido un contexto para la investigación, y explicado tanto los términos como lo que las mismas colonización y neocolonización supusieron; es necesario proceder a explicar cómo llegó China a interesarse por el territorio en primera instancia, y si realmente esta perseguía el mismo objetivo que sus predecesores.

Como hemos comentado, China no llegó al escenario político por el repartimiento de África hasta mucho más tarde. El país ya tenía su propia lucha contra la intervención externa, y es que como muchos países africanos ahora, China aún no había llevado a cabo un proceso de urbanización y modernización completo a principios del siglo XX, y su repentino y rápido crecimiento le convertían en un sitio ideal dónde invertir. De repente, muchas fábricas se adentraron en el territorio asiático; su barata mano de obra -a causa de la pobreza de la población-  también era uno de los factores ventajosos.

Sin embargo, algo iba aún peor en la arena política. Des de que la dinastía Qing cayó en 1912, un gobierno de partido único nacionalista gobernaba el territorio entonces llamado ‘República China’. Mas este despertó una ola de oposición por parte de los grupos comunistas, que después de ser masacrados por el ejército en 1927[2], volvieron con más fuerza contra el ejecutivo oficial, dando paso a la Guerra Civil China (1927-1949). El beligerante episodio acabó con la eventual victoria del bando comunista, quién se proclamó como legítimo gobernante de la nación, ahora ‘República Popular China’. No obstante, el antiguo gobierno no se dió por vencido. Este se desplazó a la isla de Taiwán y se auto-atribuyó el poder del Estado también, con capital en Taipei.

Desde ese entonces, dos gobiernos aseguran ser los verdaderos soberanos de la nación China, aunque esto en el escenario internacional era incompatible. Solo uno de los dos gobiernos podía representar a China en la asamblea general de Naciones Unidas, en tanto que en otros escenarios oficiales. Es por eso que en 1971 se llevó a cabo una votación en la misma asamblea general de la ONU, en la que el resto de países determinarían que ejecutivo se llevaría el asiento. Pese al apoyo de los  americanos y sus aliados occidentales al gobierno de Taiwán, el reconocimiento internacional se lo llevó el Partido Comunista, y justo a partir de ese momento podemos explicar la relación sino-africana.

Como hemos explicado anteriormente, el apoyo político es una de las razones por las cuáles China no se despega del continente africano; y aunque hoy no sea la mayor de ellas, podríamos decir que fue la inicial. El actual gobierno chino salió victorioso gracias al voto favorable de 26 países africanos, que con el espíritu de Bandung vieron en China un aliado más contra el imperialismo feroz.

En los años previos a la votación, el Partido Comunista se esforzó en construir este discurso de complicidad, que más tarde le darían su recompensa. Y, además, este se ha ido reforzando durante los años posteriores.

Después de todo, China y África forman una comunidad en un destino común. Nuestro pasado común, nuestras luchas comunes, nos han conducido a forjar una profunda amistad’ expresó Xi Jinping en el Foro de Cooperación entre China y África en 2015, contribuyendo a esa idea de reciprocidad en la relación entre ambos territorios.

Sin embargo, desde 1971, esta relación se ha acentuado exponencialmente, abarcando muchos más ámbitos que el mero apoyo en el marco internacional. El papel de China en el continente, bajo el lema de ‘cooperación’ y ‘fraternidad’, comienza a verse como el de claro y principal  beneficiario.

Es por esto que antes de afirmar cualquier premisa, es necesario analizar qué ganan ambos bandos de tal acuerdo: tanto China como África. Solo de esta manera podremos asegurar si, desde que China se adentró en el continente africano durante la década de los 60, lo ha hecho con el fin del beneficio mutuo o con el de convertirse en la nueva potencia neocolonial; y si los frutos de esta relación acelerarán o entorpecerán los objetivos de la Agenda 2063 de la Unión Africana.

Las ideas contenidas en el artículo son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente las ideas de Puerta de África o sus colaboradores.


[1]El África de los recursos naturales’ Noviembre de 2019

[2] Masacre de Shanghai