La criminalización de la homosexualidad

Una mañana de diciembre, en Costa de Marfil, mi madre y yo íbamos en coche al ayuntamiento. Teníamos la radio puesta y llamó mi atención una conversación entre dos mujeres que resaltaban el vínculo familiar y el amor de una madre al descubrir que su hija, es en realidad, un varón. Me sorprendió que en la radio pública se hablará abiertamente de la transexualidad. Esa misma semana le pregunté a dos amigas y a mi primo qué pensaban sobre la homosexualidad. Dos de ellos me dijeron que lo aceptaban y que entendían la libertad del otro para amar a quien quisiera. La tercera me miró con cara de sorpresa, se río y expresó su repudio.

En África la homosexualidad es un tema delicado. Está penada a diferentes niveles que van desde las restricciones de libertad de expresión y asociación hasta la muerte.

Mauritania, el Norte de Nigeria, Sudán y Somalia siguen castigando con la muerte las tendencias sexuales no tradicionales. En 23 estados sigue castigándose con penas de cárcel. Y a excepción de Sudáfrica, que permite el matrimonio, ningún estado protege al colectivo.

Aún sin ser crimen hay numerosos casos documentados de discriminación, detención arbitraria, reclusión ilegal, tortura y otros malos tratos. Cuando la ley no te ofrece recursos legales de protección te deja al buen hacer de la ciudadanía, algo que en parte ocurre con la transexualidad que si bien se ve tan criminalizada es prácticamente imposible decidir tu género. A los casos de acoso, persecución, discriminación, violencia y asesinato le añadimos que la presunción de inocencia y la protección legal no tienen un papel fundamental en los sistemas judiciales. Muchas de estas personas huyen hacía Europa, donde en muchos casos tampoco reciben el carácter de asilados. 

En los últimos años hemos visto la despenalización sucesiva en diferentes Estados. En Botsuana, por ejemplo, el Tribunal Supremo anuló la ley que castigaba la homosexualidad con hasta siete años de prisión.

La discriminación no tiene lugar en este mundo. Todos los seres humanos nacen iguales. La homosexualidad es otra forma de sexualidad que se ha suprimido durante años.

Juez Michael Leburu, Botsuana

En algunos estados, como Nigeria, la ley no solo castiga la homosexualidad sino también a los “cómplices” de esta. En el código penal se establecen 10 años de prisión a toda persona o grupo que “sea testigo o colabore en la formación de un matrimonio o unión entre personas del mismo sexo” o que “apoye” a grupos, “desfiles o reuniones“ gays.

No todo es malo. Las nuevas generaciones empiezan a comprender que la homosexualidad no es motivo de castigo. Las instituciones internacionales deberán seguir trabajando con los gobiernos por y para el respeto de los Derechos Humanos. Es una lucha que no cesa y que tardaremos décadas en ganar. Invertir en educación y en el desarrollo institucional de los Estados es una opción para frenar las violaciones sistémicas de derechos a los que se enfrentan colectivos y minorías. 

Debe decirse que parte de los ordenamientos jurídicos que penalizan la homosexualidad son heredados de las colonias. Si bien los gobiernos argumentan que es una práctica que va “en contra de las normas y tradiciones africanas” no existe evidencia antropológica ni histórica que lo sustente. Boy Wives and Female Husbands: Studies of African Homosexualities, de Stephen O. Murray y Will Roscoe, recopila las practicas homosexuales precoloniales. Otro libro que lo analiza es Exploring the countours of African sexualities: Religion, law and power, explicando cómo el sistema patriarcal ha usado el control sexual como mecanismo de poder. 

Para terminar, recogeré las palabras de un profesor de arqueología africana que nos dijo que a través de los modelos tradicionales africanos podemos contribuir al Desarrollo Sostenible global, y puede que recordando la historia africana podamos despertar la conciencia social en torno a la cuestión de la homosexualidad.